CERRO LA PALOMA EN SOLITARIO Y LA IMPORTANCIA DE LA CORDADA

portada noche estrellada en la montaña

La alegría se apoderó de mí cuando llegué a la cima. La vista era espectacular desde el cerro La Paloma. Esta vez subí sin cordada y aquí te cuento lo que viví.

CERRO LA PALOMA EN SOLITARIO Y LA IMPORTANCIA DE LA CORDADA

La alegría se apoderó de mí cuando llegué a la cima. La vista era espectacular. El deporte en altura es sacrificado, pero te entrega postales inolvidables. Este fue mi ascenso en solitario al cerro La Paloma, una hermosa montaña blanca de 4.910 metros que se ve desde Santiago.

Por Ignacio Villagra Döll

 

cielo estrellado en las montañas

Llegué hasta la Plaza San Enrique para pedir un Uber, taxi o lo que sea que me llevara hasta la entrada del Santuario de la Naturaleza de Yerba Loca, ubicado en la curva 15 de la ruta que lleva hacia los centros invernales del sector de Farellones, en la comuna de Lo Barnechea. No llegó nadie. Los autos no paraban. Intenté hacer dedo, pero recordé que estamos en medio de una crisis sanitaria.

Eran las 11 de la mañana del viernes 6 de agosto. Ya se estaba haciendo tarde y pensé en mis posibilidades. Quise devolverme e intentar subir otro cerro al día siguiente, alguno que estuviese más al alcance de la micro. Pero la montaña no me dejó y la ciudad no quería que volviera. Las ganas de practicar deporte en las alturas de los Andes me obligaban a subir el cerro La Paloma, así que empecé a caminar. 

Caminé 10 kilómetros hasta que llegué donde encadenan a los autos que suben a disfrutar de la nieve. Conversé un rato con los trabajadores. Hablamos sobre la sequía que afecta a la zona central, lo que repercute directamente en su trabajo. Me dieron agua que iban a buscar un poco más arriba, directamente de una vertiente. “Este está loco”, deben pensar. Al final, uno de ellos se ofreció a llevarme arriba por un precio justo.

NIDO DE CÓNDORES

Era un obrero de la montaña. Me contó que su jefe era dueño de los cerros del sector Nido de Cóndores, al norte del camino que va hacia la mina de cobre Los Bronces, de Anglo American. En ese lugar, se realizan competencias de enduro con la participación de pilotos como Francisco “chaleco” López o el último campeón, Mario Román.

ave en paisaje natural

Podría explayarme mucho sobre los pocos propietarios de la Cordillera de los Andes, o los problemas y peligros que trae consigo la práctica del motociclismo en la naturaleza. Las motos causan destrucción de especies nativas y generan ruidos molestos, erosionan el terreno, marcan nuevas rutas y botan aceite. Pero mejor dejar estas cosas para otra publicación.  

Mientras tanto, seguimos subiendo por las curvas del sector cordillerano. Me cuenta que hace unos años se desbarrancó un auto y murió un amigo suyo. “Ahí está la animita, murió en la suyas”, me dice. También trabajaba en el sector y falleció haciendo lo que más le gustaba, habitando las montañas. Por fin llegamos. Antes de bajarme, le agradezco mucho y le regalo un sticker de Altura Magazine.

CASCADA DE LOS SULFATOS

“Aquí recién empieza”, me digo. Aún faltaban muchas horas de caminata, pero estaba preparado física y mentalmente. Tenía muchas ganas de subir este cerro. Había mucha gente en el camino, la mayoría acampaba en el sector de las cascadas, a unos 11 kilómetros desde la entrada.

Llegué al sector de la cascada de los Sulfatos, afluente principal del estero Yerba Loca. Había montañistas disfrutando de la escalada en hielo. 

Entre ellos, Diego Vergara, montañista y creador de contenidos de Andeshandbook. Andaba con Eduardo Mondragón, Guía de Montaña español, que me sorprendió por la dureza de su mano. Sin dudas, marcada por años de escalada. Conversamos un rato, quedamos en hacer cosas, les conté sobre la revista.

La última parte antes de llegar a Piedra Carvajal la hice de noche. Cómo sabía que iba a ser difícil encontrar un buen lugar donde acampar, vi una antena y decidí armar campamento por ahí cerca, sabiendo que iba a ser un sector plano. En total, 22 kilómetros y 7 horas de caminata. Me puse a cocinar de inmediato porque tenía que salir temprano al otro día.

Escalador en la cumbre con bandera de equipo de fútbol chileno

DEPORTE EN LAS ALTURAS

Llegar a este lugar te hace pensar en la importancia de habitar las montañas. Conectarte con lo más profundo de tu origen. Si antiguas civilizaciones como los Chiquillanes, Picunches e Incas se reunían en este sector a intercambiar bienes y conocimientos ¿por qué tú no podrías hacerlo, si vivimos en el mismo territorio? Incluso se realizaban sacrificios humanos en las alturas.

Te hace pensar en la importancia de estar concentrado en tus metas y objetivos. Pienso en la determinación, locura y seguridad que tengo al subir cerros sin compañía. Pero ahora último, reflexiono sobre la importancia de la cordada, el valor de fortalecer el compañerismo y la calidad del aprendizaje al trabajar en equipo.   

Me acosté como a las 10 de la noche y puse alarma a las 3 y media de la mañana. Ya despierto, mientras desayunaba unos tallarines que me habían sobrado de la cena, pensaba en Juan Pablo Mohr y lo que pasa por la cabeza de cada andinista. Estaba mentalizado para pasar frío, pero lo sentí tanto. Se pronosticaba lluvia para esos días.

Camping en el cerro La Paloma

SENTIR LA PRESENCIA

¿Qué hace que quieras levantarte en la madrugada para salir caminando con frío, tapado entero y en la oscuridad máxima? Es ahí cuando me siento realmente vivo. La intensidad de la montaña es algo que me llena. Sentir el viento congelado en la cara, ese que te bota a veces, el frío que te entumece los dedos, las vistas majestuosas, los calambres en las piernas. Todo eso me llena de vida. 

Me siento realmente vulnerable y eso me encanta. Imagino a Mohr agarrando cada vez más experiencia y obsesionándose con las montañas, buscando mayores desafíos que llenen esas ansias por explorar. Todas y todos quienes practicamos Andinismo sufrimos un poco de demencia. Si se lo cuentas a alguien de afuera, ponen cara de asombro. 

Comer poco, los problemas en la altura, los sacrificios, son muchas cosas. Largas horas de caminata, concentración, puna, cansancio. Pero estar ahí es estar realmente presente, conectado. Quiero subirlas todas.

Logo de altura magazine sobre una botella

Pensaba en eso cuando empecé a caminar por la planicie de los Campos de Marte hacia la base de los acarreos, por un costado del estero. Eran las 4 y media de la mañana, no hacía frío ni tampoco había viento. El tiempo era ideal y mi exaltación por subir esta montaña era máxima.

CUMBRE O MUERTE

“Cumbre o muerte”, recordaba mientras caminaba, y una sonrisa nerviosa aparecía en mi rostro. Lo que me dijo la Cholita Escaladora Elena Quispe cuando la entrevisté fue algo que me marcó. 

No porque tenga ganas de morir, o al menos no como un acto suicida, sino por ser consciente de que siempre puedes dar lo máximo y lograr todo lo que te propones. Para poder avanzar tienes que dejar algo atrás. 

El miedo, las excusas, tu comodidad. Tienes que morir un poco si quieres llegar alto. Es algo que siempre he tenido presente. Seguí caminando. Tomé la ruta marcada en dirección al mirador del Glaciar La Paloma, hacia la derecha. Me detuve unos minutos para tomar jugo, lo que me hizo vomitar un poco. Estaba muy helado y la altura afecta, no se los recomiendo. 

Hubiese preferido un tecito, pero olvidé el termo en la casa. Aún era de noche. Seguí subiendo en zig zag y recién después de un rato me di cuenta de que tenía que volver a bajar hasta llegar a la base de los glaciares de la cara sur. 

En vez de tomar el Morro Negro por la izquierda, seguí caminando por la ruta señalizada por el parque. Tuve que bajar, cruzar el valle donde cae un estero y luego retomar la ruta por debajo del Glaciar La Paloma. 

GLACIAR LA PALOMA

Si bien este contratiempo significaba hacer mi caminata más larga, estaba todo cubierto de hielo y nieve lo que la hacía mucho más linda y rápida. Identificaba con claridad las partes donde podía enterrar con seguridad los crampones, que se alternaban cada cierto tiempo con nieve hasta el tobillo o un poco más. A mi derecha, todo el camino con la vista del Glaciar La Paloma. Una belleza. Colores hermosos. 

Tenía que traversear por los neveros hasta alcanzar el filo cumbrero. Esto implica analizar todos los posibles riesgos y resultados, ya que voy solo y tengo que estar más atento de lo habitual. La sensación de aventura, el miedo y la concentración se potencian al máximo. Viajar solo no es para todo el mundo, sino para pocos, y es algo que cada vez me gusta menos. “La felicidad solo es real cuando es compartida” fue lo único que aprendí de la película Into The Wild.

Me sentía seguro. Elegí caminar sobre el hielo y evité las capas de nieve que dificultan mi andar. Sentía la altura y el cansancio. Caminaba un poco y descansaba, sentado en la nieve. Fueron solo unos minutos para recuperar el aliento. No era muy cómodo quedarse sentado ahí para congelarse. La ruta era obvia, se alcanzaba a divisar un plano que después se asomaba como un enorme plateau de unos 500 metros de longitud. 

PLATEAU SUPERIOR Y LA FALSA CUMBRE

Ya llegado al plateau superior, pude ver la falsa cumbre. Si bien sabía que era una ilusión, siempre me da fuerza saber que al menos voy cumpliendo etapas. El lugar era ideal para un campamento de altura, con la intención de escalar el Cerro Altar (cosa que imaginé, pero mi irresponsabilidad no podía ser tanta).

selfie de montañista

Comencé a subir por un inestable acarreo. Estaba complicado y resbaladizo, así que decidí ponerme los crampones nuevamente y acercarme a la nieve que se veía compacta. Continué subiendo en zig zag, por las pendientes de la cara norte del cono final del cerro La Paloma. 

La pendiente terminó por llevarme al filo cumbrero. El viento era fuerte y a ratos perdía estabilidad. Siempre es algo que me ha gustado. Sentir que me voy a ir volando en cualquier momento.

Vi por primera vez la cara sur del cerro y seguí caminando por ahí en un filo mucho más estrecho. La cara norte es una muralla casi vertical, de esas que te provocan un nudo en el estómago de solo mirar hacia abajo. También se ve perfectamente las faenas mineras de Los Bronces.

ANGLO AMERICAN Y LAS ZONAS DE SACRIFICIO

Si bien todo fue disfrute y admiración por las grandes montañas, no puedo dejar de mencionar y visibilizar el daño que está haciendo Anglo American en Chile y particularmente en la zona precordillerana de la Región Metropolitana. Esta mina inglesa es una de las más grandes del mundo y opera en nuestro país en cuatro localidades diferentes.

Vista desde la cumbre del Cerro La Paloma

Hoy, el proyecto de ampliación Los Bronces Integrado representa la mayor amenaza. Con una inversión de tres mil millones de dólares, Anglo American busca ampliar el cordón minero entre Santiago y Valparaíso a través de una mina subterránea. Es un proyecto que aún no se aprueba, pero es urgente estar atentos.

Es innegable el impacto de la actividad minera en conflictos socio ambientales, acaparamiento de aguas y cuencas, destrucción de glaciares y contaminación del ecosistema. Amenaza la vida de todos los seres vivos a su alrededor. Si lo seguimos ignorando, la Cordillera de los Andes de la Región Metropolitana será una nueva zona de sacrificio.

(Para más info, visita Movimiento no + Anglo (@movimientonomasanglo) en Instagram).

HERMOSA MONTAÑA BLANCA QUE SE VE DESDE SANTIAGO

Ya daba los últimos pasos. El final estaba cerca. Estaba cansado y quería llegar, la altitud y las largas jornadas ya me tenían exhausto. “Vamos, vamos”, me decía a mí mismo. Finalmente, a las 2 de la tarde llegué a la cumbre del cerro La Paloma. Esa hermosa montaña blanca de 4.910 metros que se ve desde Santiago. La alegría se apoderó de mí. Había logrado escalar un cerro desafiante. Me di el tiempo de sacarme fotos, descansar y disfrutar de todo lo recorrido.

La vista era espectacular. El cerro Altar al lado, que me tentó por unos momentos, pero para otra oportunidad será. El Plomo, Leonera y, a lo lejos, la gran montaña del Aconcagua. Vi los glaciares que cubren la zona metropolitana y la mina que los amenaza.

Inicié la bajada a eso de las 3 de la tarde, un poco a deshoras porque llegué de noche al campamento. El descenso fue rápido, ahora cambiando de técnica y aprovechando la nieve para ir más veloz con mis pies enterrados. A ratos, fuertes ráfagas de viento me obligaban a detenerme y protegerme de la nieve que se levantaba. Bajé por la misma ruta que subí porque ya la conocía, no quise arriesgarme a probar intentar alcanzar el Glaciar del Rincón.

Ya sin crampones y casi llegando al estero, caí un par de veces por el hielo duro y compacto, resbaladizo. En una de esas caídas yo creo que perdí mis crampones. Me enteré después, cuando llegué a la carpa. Llegué al campamento de noche, con un poco de miedo de no poder encontrar la carpa. Finalmente, no tuve problemas. Así mismo me metí a recostarme un poco, feliz de lo logrado. Eran las 8 de la noche. Agradecí a las montañas, a los glaciares, y sobre todo a las alturas por permitirme disfrutar con tanto encanto.   

Selfie en la cumbre de la montaña

Al otro día, temprano por la mañana, decidí desandar el camino e ir en búsqueda de los crampones. Supuse que no estarían tan lejos, porque recuerdo cuando me los saqué y no había sido tan lejos de ahí. Iba recién caminando, cuando veo que una nube empieza a subir por el valle y lo cubre completamente. No se veía nada. 

Seguí subiendo un poco, pero después me di por vencido. No iba a ver nada de todas maneras, así que decidí bajar, desarmar campamento y volver hasta Villa Paulina, llegando abajo a eso de las 4 de la tarde. Había un poco de llovizna, pero no estaba helado. 

Empecé a hacer dedo, porque a esa hora se permiten solamente autos de bajada. Me ignoraron un par de autos hasta que uno realmente pequeño se detuvo a mi lado. Era una pareja que había acampado el fin de semana y tenía el auto cargado. Me hicieron un espacio y me subí con mi mochila. Les agradezco mucho y espero que lean esto. Me llevaron hasta el metro Manquehue, llegué a mi casa y me comí una pizza entera mientras desarmaba mis cosas.

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